Durante demasiado tiempo, las personas nacidas con algún tipo de discapacidad provocaban la vergüenza y el rechazo de la sociedad e incluso de la propia familia. A principios del siglo XX, la eugenesia era una posibilidad que sobrevolaba los hogares de aquellos padres que, sino se deshacían de sus hijos, sí que decidían ocultarlos al mundo. Hasta que nació una princesa cuyos padres decidieron que su hija merecía el mismo respeto que el resto de sus hijos.
Alejandrina Irene de Prusia nació el 7 de abril de 1915 en el palacio de Kronprinzen en Berlín, en el seno de la ilustre familia de los Hohenzollern. Era hija de Cecilia de Mecklemburgo-Schwerin y del príncipe heredero de Alemania y Prusia. Su abuela era la última emperatriz de Alemania, Augusta Victoria de Schleswig-Holstein y era tataranieta de la reina reina Victoria. Alejandrina tenía cuatro hermanos mayores y, tras ella nacería su única hermana, Cecilie.
La familia no tardó en descubrir que la pequeña Adini, como la llamaban cariñosamente, tenía síndrome de Down pero, lejos de ocultarla al mundo, la trataron con el mismo cariño que al resto de los hijos de la familia y no ocultaron su realidad. Su madre Cecilia nunca la rechazó y buscó para ella las mejores niñeras. Alejandrina recibió los cuidados de una enfermera personal, Selma Boese, y acudió a la Trüpersche Sonderschule, una escuela pionera dedicada a la educación de niños con necesidades especiales.
Alejandrina tuvo una vida como la de cualquier otra niña de la aristocracia europea. Participó en los actos públicos de su familia y posó con ellos en infinidad de fotografías. En 1934 recibió la confirmación junto a su hermana pequeña en un acto público sin ningún tipo de trato discriminatorio para la niña.
Cuando el nazismo empezó a surgir en Alemania, su familia temió por la vida de Alejandrina . No eran ajenos a las ideas que Hitler defendía sobre las personas consideradas "imperfectas" y el plan conocido como Aktion T4 para exterminarlas. Para protegerla, se trasladaron a Baviera y permanecieron alerta. Su apellido fue muy útil para poder esquivar las inspecciones médicas y la vigilancia de la Gestapo.
Tras la guerra, vivió con su madre y su nueva enfermera, Ericka Strecker hasta que Cecilia falleció en 1954. Entonces se instaló en su casa del lago Starnberg donde siempre estuvo rodeada de personas que la cuidaran y sus hermanos nunca dejaron de visitarla. Allí falleció el 2 de octubre de 1980. Tenía 65 años.




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