Portugal y España estuvieron durante siglos unidos dinásticamente por los constantes enlaces matrimoniales entre los miembros de sus distintas casas reales. Eso fue lo que adujo Felipe II a finales del siglo XVI para reclamar para sí la corona del reino luso cuando este quedó sin heredero directo. Portugal no se quedó de brazos cruzados. Además del candidato principal, Antonio, prior de Crato, una mujer reclamó también sus derechos dinásticos.
El 18 de enero de 1540 nacía la infanta Catalina de Portugal en la corte de Lisboa. Su padre, Duarte, duque de Guimarães, era hijo de Manuel I de Portugal y su segunda esposa, María de Aragón. Su madre era Isabel de Braganza. Catalina creció en una corte humanista, con reputados eruditos de la talla de Diego Sigeo, padre de la célebre Luisa Sigea.
Tenía veintitrés años cuando en 1563 se casó con su primo, João I, duque de Braganza. En aquellos años, Catalina fue testigo de la complicada sucesión al trono de su reino. El 4 de agosto de 1578 fallecía el rey Sebastián, hijo de Juana de Austria y sobrino del entonces rey Felipe II de España. Al no haber dejado herederos, la corona portuguesa pasó a manos de Enrique I de Portugal, tío abuelo de Sebastián, un religioso anciano que también fallecería sin dejar descendencia. Consciente de que, de nuevo, el reino quedaría sin rey, Enrique planteó la posibilidad de elegir a Catalina como su sucesora. Pero su condición de mujer fue un problema para las mentes misóginas de su tiempo. Sin embargo, Catalina estaba dispuesta a plantar batalla a todo aquel que cuestionara sus capacidades para ser algún día reina de Portugal. Los otros candidatos eran el prior de Crato, Antonio, nieto ilegítimo de Manuel I de Portugal, y Felipe II de España.
A principios de 1579, Enrique I invitó a los candidatos a que defendieran sus posturas. Antonio fue eliminado de la lista por sus orígenes bastardos. Catalina tenía derechos legítimos al descender por línea masculina directa de Manuel I. Sin embargo, la influencia de Felipe II sobre la aristocracia portuguesa y el poder que ejercía por entonces en medio mundo, lo colocaba en una posición privilegiada. El Rey Prudente, consciente de que tenía ante sí a una difícil rival, intentó incluso sobornar al marido de Catalina ofreciéndole el virreinato de Brasil aunque João se mantuvo fiel a su esposa.
Las dudas sobre la capacidad de una mujer para llevar las riendas de todo un reino llevaron a Enrique I a considerar a Felipe como la mejor opción aunque falleció en 1580 sin haber tomado una firme decisión. Antonio de Crato volvió a atacar reclamando para sí la corona mientras Felipe organizaba un ejército para invadir Portugal. Catalina, sin embargo, se mantuvo a la espera de que el consejo de regencia designara oficialmente al sucesor, una cautela que fue fatal para su candidatura. Mientras Catalina respetaba a los asesores designados por Enrique I, los otros dos candidatos luchaban en el campo de batalla. La derrota de Antonio llevó a Felipe II a ser reconocido rey de Portugal en 1581.
Sesenta años después, sin embargo, uno de los descendientes de Catalina sí llegaría a recuperar el trono luso. Su nieto sería proclamado rey como Juan IV de Portugal en 1640 finalizando la unión de Portugal con España. Catalina había fallecido el 15 de noviembre de 1614.

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