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En la corte de Catalina La Grande, Luisa de Baden (1779-1826)

 En la espléndida corte de Catalina la Grande, una tímida princesa alemana siguió sus pasos y llegó a San Petersburgo para asumir su destino, convertirse años después en emperatriz consorte de Rusia. Esposa de Alejandro I, su relación estuvo llena de encuentros y desencuentros. 

Isabel Alexéievna fue retratada en varias ocasiones por la pintora francesa Élisabeth Vigée-Lebrun

Luisa María Augusta de Baden nació el 24 de enero de 1779 en Karlsruhe. Era hija del príncipe heredero de Baden Carlos Luis, y su esposa, la landgravina Amalia de Hesse-Darmstadt. La infancia de Luisa fue feliz, en un entorno privilegiado recibiendo el amor de los suyos, principalmente su madre, con quien siempre mantendría un vínculo especial. Como hija de la aristocracia alemana, recibió una exquisita educación en distintas disciplinas como historia, filosofía o literatura y aprendió tanto el alemán como el francés. 

Convertida en una joven casadera, la zarina Catalina la Grande fijó su interés en tierras germánicas, de donde ella también era originaria para buscar esposa para su nieto Alejandro. En 1792, ella y su hermana Federica fueron invitadas a la corte de los zares en San Petersburgo donde Catalina quedó prendada del encanto y la elegancia de Luisa. A pesar de la timidez de ambos, tanto Alejandro como Luisa terminaron enamorándose y se comprometieron al año siguiente. 

Luisa, como ya hizo en su momento Catalina, aprendió ruso y se convirtió a la Iglesia Ortodoxa. Convertida en Gran Duquesa de Rusia, cambió también su nombre por el de Isabel Alexéievna. El 28 de septiembre de 1793, con 14 años ella y 15 él, contraían matrimonio. 

La Gran Duquesa no se adaptó bien a una corte fría y lujuriosa a partes iguales, donde las intrigas y el libertinaje le horrorizaban. Se sentía sola y añoraba su hogar en Baden. Pero Isabel se apoyó en su joven marido con quien vivió unos primeros años de relación relativamente felices, oscurecidos por la ausencia de hijos, algo que enfureció a Catalina II quien fallecería sin llegar a ver a los descendientes de su nieto. 

En noviembre de 1796 fallecía la zarina y subía al trono de Rusia su hijo y suegro de Isabel, Pablo I a quien despreciaba. La Gran Duquesa intentó alejarse de la corte mientras su relación con Alejandro se iba deteriorando. Apoyada en su amistad con la condesa Golovina, terminó cayendo en brazos de un amante, un príncipe polaco llamado Adam Czartoryski.

Cinco años después de casarse, en la primavera de 1799, Isabel daba por fin a luz a una niña, la Gran Duquesa María Alexandrovna, cuya paternidad fue sin embargo puesta en duda. Pocos meses después, Isabel sufría la pérdida de su hija y la desaparición de su amante, quien fue enviado lejos a una misión diplomática. 

El 23 de marzo de 1801, Alejandro llegaba al trono tras el asesinato de su padre, conspiración de la que tanto él como la Gran Duquesa estaban al tanto. Convertida en emperatriz consorte, aún tuvo que soportar la humillación de verse relegada por su suegra, la emperatriz viuda María Fiódorovna, mientras su marido seguía alejándose de ella y empezaba una larga relación con la princesa polaca María Narishkina. Aún así, en 1806 nacía su segunda hija, Isabel Aleksándrovna. La emperatriz reanudó su relación con Adam quien había regresado a Rusia, aunque pronto fue substituido por otro amante, un capitán del Estado Mayor llamado Alexis Okhotnikov. Su muerte en 1807 estuvo rodeada de misterio, pues a la versión oficial de fallecimiento por tuberculosis, se añadió la posibilidad de haber sido asesinado por orden del zar. 

Isabel se volcó en el amor a su hija, aunque quince meses después de su nacimiento, fallecía dejando a la emperatriz devastada. Una muerte que acercó tímidamente de nuevo a los zares. Vínculo que se reforzó durante las guerras contra Napoleón, en las que Isabel apoyó de manera incondicional a su marido. 

En 1818, el zar rompió con su amante y asumió una vida cercana al misticismo religioso que ayudó a reforzar su reencuentro con su esposa. En 1825 se trasladaron a Taganrog, una ciudad ubicada junto al mar de Azov donde vivieron su última etapa juntos. Antes de finalizar el año, el tifus se llevaba al zar, quien fallecía en brazos de su esposa. Isabel sobrevivió pocos meses a su marido. El 16 de mayo de 1826 una doncella encontró muerta a la emperatriz viuda en su cama. Había fallecido de un paro cardíaco.

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