Esculpiendo rostros, sanando almas, Anna Coleman Ladd (1878-1939)


Las guerras provocan miles de muertos. Los que consiguen salvar sus vidas, no siempre regresan a casa indemnes y las heridas o mutilaciones suponen un trauma difícil de superar. Durante la Primera Guerra Mundial, una joven norteamericana que vivía con pasión el arte de la escultura, no dudó en utilizar su genio para reconstruir los rostros deformados de los soldados heridos en el frente. Su labor no salvó vidas, pero sí sanó decenas de almas al devolver a aquellos hombres un rostro al que mirarse sin horror.

Anna Coleman Watts había nacido en la localidad norteamericana de Bryn Mawr, en el estado norteamericano de Pensilvania, el 15 de julio de 1878. Sus padres, John y Mary Watts, alentaron el espíritu artístico de Anna, quien estudió escultura en Europa durante su juventud. Casada en 1905 con un doctor llamado Maynard Ladd, con quien tuvo una hija, Anna continuó formándose y desarrollando su arte en el Museum School de Boston, localidad en la que se había instalado la pareja. La obra de Anna recibió el reconocimiento de la comunidad artística, exhibiendo sus esculturas en distintas exposiciones y siendo aceptada en el Gremio de Artistas de Boston. En 1915, exhibió en una exposición en San Francisco una pequeña escultura de bronce bautizada con el nombre de "Bebés tritones" y que en la actualidad se encuentra en una fuente de Boston.



Anna era un espíritu inquieto que desarrolló su arte no sólo esculpiendo, también escribió y pintó. Llegó a publicar dos novelas y, cosas del destino, escribió una obra en la que una escultora marchaba a la guerra. También despuntó como pintora. Fue una de las pocas personas que consiguió retratar a la actriz italiana Eleonora Duse y algunos de sus lienzos aún hoy se subastan.
Anna no curaba heridas físicas, pero devolvía la confianza en unos hombres mutilados por las armas. 
Para Anna, como para millones de personas en todo el mundo, el estallido de la Primera Guerra Mundial supuso un freno en su vida. En 1917, su marido Maynard decidió trasladarse a Francia para dirigir la Oficina Infantil de la Cruz Roja Americana. Anna le acompañó a Europa.



En París, Anna conoció a Francis Derwent Wood, un artista inglés demasiado mayor para servir como soldado pero que, lejos de quedarse en su hogar, había viajado a Francia para participar en un proyecto de reconstrucción facial de los heridos en el frente. Anna aprendió de Francis y empezó a colaborar con él en un estudio parisino.
Su labor fue pionera en la ciencia de la anaplastología
Con una fotografía del herido previa y una posterior, Anna comparaba el rostro que moldeaba con arcilla o yeso. Este molde serviría de base para construir una prótesis de latón que se completaba con pintura que igualara el color del resto de la cara y un mostacho si el paciente lo requería. Anna fijaba la máscara con cuerdas o lentes. Cada una de ellas era una auténtica obra de arte que requería de mucho tiempo y dedicación. Pero todas ellas fueron la salvación para más de cien hombres que pudieron volver a contemplarse en un espejo y no sentir el rechazo de los demás. Anna no curaba heridas físicas, pero devolvía la confianza en unos hombres mutilados por las armas. Su labor fue, además, pionera en la ciencia de la anaplastología.

Su labor le valió ser honrada con el título de Caballero de la Legión de Honor de Francia y la orden de San Sava serbia.

Cuando finalizó su labor en la guerra, Anna y Maynard regresaron a los Estados Unidos donde participó en la construcción de un memorial por los caídos en el frente. En 1936 se marchó a California con su marido donde vivió retirada los últimos años de su vida. Falleció el 3 de junio de 1939.

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