domingo, 29 de noviembre de 2015

La reina tozuda, Mariana de Austria (1634-1696)

El pueblo amó y odió a Mariana de Austria según las circunstancias. La que llegara a su país de adopción siendo una niña risueña y feliz, terminaría convirtiéndose en una reina viuda que vestía hábito monjil. Como ya venía siendo habitual en el destino de las reinas de España, Mariana no se libró de una maternidad desastrosa que mermó su salud física y mental. Los constantes matrimonios entre las distintas ramas de la casa de Habsburgo serían la principal razón de abortos constantes y nacimientos de niños enfermizos. El máximo exponente de estas aberraciones consanguíneas sería su propio hijo, Carlos II, el último de su dinastía que reinaría en España. 

Mariana de Austria nació en la ciudad austriaca de Wiener Neustadt el 22 o 23 de diciembre de 1634. Mariana fue la segunda hija del emperador Fernando III del Sacro Imperio Romano Germánico y de su primera esposa, la infanta María Ana de España, con quien tuvo seis vástagos. María Ana era hija de Felipe III de España y por lo tanto, hermana de quien terminaría siendo su yerno.

Mariana había sido elegida para casarse con su primo, el príncipe Baltasar Carlos. La princesa tenía entonces doce años y era una niña alegre que poco se imaginaba todas las desdichas que iba a sufrir. En plena negociación sobre su enlace, el heredero a la corona española fallecía repentinamente de unas fiebres el 9 de octubre de 1646. Felipe IV, su tío, quedó consternado ante la nueva situación. Viudo de su primera esposa, Isabel de Borbón, no tenía intención de volver a casarse, pues ya había conseguido un heredero. Pero tras la desaparición de Baltasar Carlos, tuvo que replantearse un nuevo matrimonio en busca de descendencia. Así que optó por escoger a su sobrina Mariana. 

Pasaron unos años hasta que la niña casadera pudo atravesar una Europa en llamas y llegar hasta España para casarse con su tío, quien tendría que haber sido su suegro. Hacia 1649 Mariana estaba ya instalada en el Real Alcázar de Madrid donde congenió desde el primer momento con su prima e hijastra María Teresa. Pero los días de juegos infantiles serían pronto sustituidos por la obligación de estado. En 1651 la reina era ya núbil y empezó un largo calvario de embarazos. El 12 de julio de aquel mismo año, no había cumplido aún los diecisiete, daba a luz a su primera hija. Y se enfrentaba por primera vez a la amenaza de muerte por sobreparto. Este sería el primero de seis alumbramientos, tres niñas y tres niños, de los cuales solamente sobrevivirían la primera y el último. 



Después de dar a luz a la infanta Margarita, futura emperatriz del Imperio Germánico, Mariana empezó a sufrir terribles jaquecas. Su débil salud se agravó dos años después con una viruela que marcó su rostro para siempre. Enfermedades y partos difíciles seguidos, en los que la joven reina veía desfilar niños muertos, agriaron su alegre carácter irremisiblemente. El último parto, el 6 de noviembre de 1661, lo enfrentó seis días después de haber enterrado a su hijo Felipe Próspero. Aquel frío día de invierno nacería Carlos, un niño feo y extremadamente enfermizo que tardó años en poder caminar y aguantarse derecho por sí mismo. 

Cuando Mariana de Austria aun no había superado su frustración como madre, tuvo que hacer frente a otro drama personal y político. El 17 de septiembre de 1665 fallecía Felipe IV. Se convertía automáticamente en regente, según estaba estipulado en el testamento del rey, hasta que su hijo Carlos alcanzara la mayoría de edad con catorce años.



Tenía treinta y dos años pero Mariana de Austria parecía entonces una anciana, aspecto que acentuaron sus ropajes de monja que asumió como propios hasta el resto de sus días. Los diez años de regencia fueron tiempos duros no sólo para ella sino también para España. Sus enfrentamientos con Juan José de Austria, el bastardo de su marido, fueron constantes y derivaron en una situación de conflicto y desgobierno constante del reino, con levantamiento militar por parte del príncipe incluido. Al cumplir la mayoría de edad y convertido en Carlos II, el nuevo rey intentó mediar en el conflicto entre su madre y su hermanastro. Mariana, quien se había empeñado durante años en gobernar en solitario y a espaldas del pueblo, tuvo que aceptar el fin de su regencia y sufrir un destierro de dos años firmado por su propio hijo en el destartalado Alcázar de Toledo. Cuando en septiembre de 1679 moría Juan José de Austria, la suerte volvía a cambiar para la reina viuda. Su hijo Carlos fue a su encuentro y dio por terminado su destierro. En aquel tiempo ya se había pactado el matrimonio del rey con María Luis de Orléans quien llegó a la corte española poco después de que Mariana regresara a Madrid. Esta vez dejó que fuera su hijo y la nueva reina quienes gobernaran. Años tranquilos que terminaron con la muerte repentina de la reina en febrero de 1689 sin haber dado un heredero a la corona. De nuevo en la primera línea de la política, Mariana de Austria se afanó por poner a una princesa austriaca de nuevo en el trono español. La escogida fue Mariana de Neoburgo, cuñada de su hermano el emperador Leopoldo I. Pero este último movimiento estratégico también la salió mal a la reina viuda quien no contó con el fuerte carácter de la nueva reina. Mariana de Austria, mujer de carácter, no se rindió y volcó todos sus esfuerzos en defender la candidatura de su bisnieto José Fernando de Baviera a la corona española, pues los herederos parecían no llegar. 

Carlos II vivió aquellos años desorientado y agobiado por las constantes rencillas entre su esposa y su madre que solamente terminarían con la muerte de la reina viuda. Hecho que ocurrió el 16 de mayo de 1696. 

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