Un día de septiembre de 1599, en los alrededores del imponente castillo de Sant’Angelo en Roma se agolpaba una turba de gente ansiosa por ver uno de los espectáculos más terribles y a los que muchos estaban acostumbrados. Un patíbulo y un puñado de reos. En esta ocasión, los que iban a perder la vida eran todos miembros de una misma familia cuyo delito había sido deshacerse del patriarca, un hombre infame y cruel. Pero los Cenci se había tomado la justicia por su mano y lo habían hecho sin pensar que la todopoderosa autoridad papal no iba a pasar por alto la desaparición de un hombre afín al papado.
Francesco Cenci era uno de los hombres más ricos y poderosos de Roma. También uno de los más depravados. Violento y despiadado, compraba el perdón, pero sobre todo el silencio, del entonces papa Clemente VIII con importantes sumas de dinero.
Quienes mejor sabían cómo se las gastaba el noble Francesco era su propia familia. Sus hijos, Beatrice, Giacomo, Bernardo y el joven monje Rocco, eran víctimas de su violencia casi a diario. Beatrice, nacida el 6 de febrero de 1577, desesperada ante una situación insoportable, llegó a pedir ayuda a la Iglesia. Pedía ser liberada de la autoridad paterna ingresando en un convento. Pero al papado no le convenció tomar para la vida religiosa a esa nueva alma atormentada, que sufría vejaciones y violaciones de su propio padre. Este sobornaba suculentamente al pontífice que callaba y miraba hacia otro lado.
Ante la inacción de las autoridades, Beatrice y sus hermanos tomaron una decisión, acabar con la vida de su padre.
La noche del 9 de septiembre de 1598, mientras Francesco dormía, sus hijos, ayudados por algunos sirvientes, entraron en su habitación y lo golpearon con un martillo. Cogieron el cuerpo y lo lanzaron por una ventana para simular un accidente.
Cuando el cuerpo fue descubierto, las autoridades sospecharon de las heridas e iniciaron una investigación en la que los sirvientes fueron sometidos a interrogatorios y terminaron confesando el crimen y los asesinos.
La noticia del parricidio dividió a la sociedad. Los que defendían a Beatrice y sus hermanos llegaron incluso a pedir clemencia al papa que se mantuvo firme en su decisión de condenar a muerte a los reos.
El 11 de septiembre de 1599, Beatrice y Giacomo eran ejecutados ante la aterrada mirada de su hermano pequeño, Bernardo, que fue obligado a presenciar la ejecución y terminó cumpliendo cadena perpetua.
El caso conmovió a la ciudad y no tardaron en circular leyendas que aseguraban que cada año, en el aniversario de su muerte, el alma atormentada de Beatrice regresaba a Sant'Angelo, vestida de blanco y portando su cabeza bajo el brazo. Su historia inspiró a grandes literatos como Stendhal o Shelley.

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