lunes, 17 de octubre de 2016

La deportista judía utilizada por el nazismo, Helene Mayer (1910-1953)

El 1 de agosto de 1936 el mundo tenía puesta la mirada en el Estadio Olímpico de Berlín. La Alemania nazi organizaba unos Juegos Olímpicos que pretendían ser la demostración última de la superioridad de la raza aria. Entre los deportistas del equipo alemán, una joven esbelta, rubia, se mezclaba entre la multitud. Era Helene Meyer, una reputada esgrimista que, sin pretenderlo, se había convertido en la llave que utilizó Hitler para que la Comunidad Internacional le permitiera realizar aquellos juegos. El Comité Olímpico quería que los atletas judíos no fueran vetados en las competiciones olímpicas. En un gesto de burda propaganda política, el Führer incorporó a Helene, una alemana medio judía, en el equipo nazi, algo que ella, una joven apasionada por el deporte y amante de su patria pensó que era lo más correcto. El tiempo le demostró que se equivocaba. 

Helene Meyer había nacido en Offenbach del Meno, en Alemania, el 20 de diciembre de 1910. Su padre, Ludwig, era un médico judío que se había casado con una católica alemana. Helene y sus hermanos fueron educados en una escuela cristiana de la que estaban exentos de asistir a catequesis pero la religión no fue nunca un elemento principal en la vida de la familia Meyer. 

Con tan sólo quince años, Helene empezó a destacar en el mundo del esgrima. En 1925 ganó el Campeonato Alemán de Esgrima con su florete, galardón que repitió durante los siguientes cinco años. En 1928 ganaba su primera medalla de oro en unos juegos olímpicos, los de Ámsterdam. Helene compaginaba sus entrenamientos de esgrima con los estudios de derecho que cursó en Frankfurt y París mientras disfrutaba de gran fama en su país, en el que tanto la querían que las tiendas de souvenirs vendían incluso figuritas de ella. En los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932 solamente quedó quinta porque dos horas antes de la competición le habían notificado la muerte de uno de sus hermanos.




Después de las olimpiadas de Los Ángeles, Helene se instaló en los Estados Unidos gracias a una beca otorgada por el club de esgrima de Offenbach para estudiar en la Universidad del Sur de California. Lejos de Alemania, Helene no fue consciente de la sombra que se cernía sobre los cielos de su añorada patria. El nazismo se había hecho con el poder e iniciaba un escrupuloso proceso de limpieza de la raza aria. Así, mientras que ella continuaba cosechando éxitos en los Estados Unidos con su florete, Alemania le denegaba la ciudadanía y la marginaba por ser de origen judío. 

Pero en 1935 Helene se convirtió en la pieza clave de uno de los proyectos de Adolf Hitler. Con el partido nazi en el poder, Alemania quería organizar unos Juegos Olímpicos que fueran el escenario de la supremacía aria. Pero el Comité Olímpico Internacional recibió las quejas de varios países, como los Estados Unidos, Canadá, Francia o Gran Bretaña que amenazaron con boicotear los juegos que debían celebrarse en Berlín si no se eliminaba el veto a los deportistas judíos. Lo único que tenía que hacer Hitler era incluir ni que fuera un atleta de origen semita que acallara las voces en su contra. La escogida fue aquella joven que había cosechado grandes triunfos con el florete.


Helene Mayer (a la derecha) haciendo el saludo nazi al
recibir su medalla de plata en los Juegos de Berlín

Fue así como Berlín pudo ser el escenario de los Juegos Olímpicos de 1936. Y fue así como Helene Mayer pudo volver a su amada Alemania. Y participar por tercera vez en unos juegos. Cuando Helene Mayer se subió al podio para recibir su medalla de plata, permaneció orgullosa haciendo el saludo nazi mientras la bandera con la esvástica era izada en el estadio. Llegó incluso a ser recibida por Hitler quien no tardaría en olvidarse de ella. La ciudadanía que se le había concedido para poder participar en los juegos con la delegación alemana no tardó en serle retirada. La prensa alemana se olvidó de ella cuando al año siguiente logró ganar un campeonato de esgrima ya en los Estados Unidos y la cineasta Leni Riefenstahl pasó por alto su participación en los juegos en su oda al nazismo reflejada en Olympia. 



En 1940, en un gesto que simbolizaba su derrota ante el nazismo, Helene decidió americanizar su apellido y cambiárselo por el de Meyer y asumió su nacionalidad norteamericana. Quizás Helene había sido ingenua pensando que con su presencia en los Juegos Olímpicos la Alemania que ella había conocido la premiaría por su talento. Quizás al no haber vivido en primera persona el ascenso del nazismo no llegó a ser nunca consciente de lo supuso. De hecho, después de vivir durante diez años en San Francisco dando clases de esgrima y de ciencias políticas, volvió a soñar con su Alemania natal. La guerra había finalizado hacía unos años y decidió dejar la comodidad de su vida y regresar a Alemania donde se casó con un amigo de la infancia. Cuando Helene tomó su decisión de volver sabía que el cáncer iba a terminar con su vida. Y así fue, pues solamente pudo recuperar su vida soñada como alemana escasos tres años. 

Helene Mayer fallecía en Múnich el 15 de octubre de 1953. 

 Si quieres leer sobre ella 


Foiled: Hitler's Jewish Olympian; The Helene Mayer Story
Milly Mogulof 

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