miércoles, 27 de septiembre de 2017

La periodista crítica, Rebecca West (1892-1983)

En 1886, el escritor noruego Henrik Ibsen publicaba la novela El legado de los Rosmer. Años más tarde, una joven escritora y periodista con un espíritu crítico e independiente, cambió su nombre por el de la protagonista de la obra de Ibsen, una mujer de carácter llamada Rebecca West. Con este nombre pasaría a la historia una de las escritoras más reputadas de principios del siglo XX. Periodista, novelista, ensayista, West plasmó en sus escritos la situación política y social de Europa y otros lugares del planeta. 

Rebecca West nació con el nombre de Cicely Isabel Fairfield el 21 de diciembre de 1892 en Londres. Su madre, Isabella, era una reputada pianista que dejó de tocar profesionalmente cuando contrajo matrimonio con Charles Fairfield, un periodista que tenía muchos problemas financieros y acabó abandonando a su familia. Cicely tenía entonces ocho años y nunca más volvería a verlo. Ella, su madre y sus dos hermanas mayores se trasladaron a vivir a Edimburgo donde Cicely inició sus estudios en el George Watson's Ladies College. Una tuberculosis cuando tenía quince años y la falta de medios económicos de su familia, obligaron a la joven a abandonar los estudios y a continuar formándose de manera autodidacta. 

Cicely se marchó a Londres con una de sus hermanas mayores, Letitia, quien se convertiría en una de las primeras doctoras tituladas de la historia de Inglaterra. Cicely hizo sus pinitos en el mundo del arte participando como actriz en una compañía teatral donde empezó a utilizar como nombre artístico el de la protagonista de la obra de Ibsen, Rebecca West. Nombre que ya no abandonaría. En aquellos años, Rebecca y Letitia se implicaron activamente en los movimientos sufragistas que reivindicaban una y otra vez por las calles de Londres y en los periódicos de la ciudad, el derecho al voto de las mujeres. En alguna de aquellas publicaciones, como Freewoman o Clarion, Rebecca inició su carrera como periodista y empezó a demostrar al mundo que su voz no sería estática, pues cuando lo creyó conveniente, a pesar de apoyar el sufragismo, criticó algunos de sus métodos y a algunas de sus dirigentes. 

En 1912, hizo una dura crítica en Freewoman sobre la novela Matrimonio del escritor H. G. Wells quien, después de invitarla a comer para comentar la opinión de la periodista, se convirtió en su amante. La pareja, que nunca se llegó a casar, tuvo un hijo, Anthony West, quien no tuvo una buena relación con su madre. 



Rebecca West fue una periodista prolija que escribió en muchas cabeceras americanas y británicas, como el New York Herald Tribune o el Daily Telegraph. Con su agilidad con la palabra, West expuso sus opiniones sobre el feminismo o el socialismo. También escribió novelas y ensayos en los que reflexionó sobre el comunismo y las democracias que se vieron envueltas en las grandes guerras mundiales. 

En 1930 contrajo matrimonio con el banquero Henry Maxwell Andrews aunque pudo mantener una independencia económica gracias al dinero que ganó con sus artículos, sus libros, muchos fueron éxitos de ventas, y con las muchas conferencias que dio a lo largo de su carrera. En 1942, el presidente norteamericano Harry S. Truman le concedió el premio del Women's Press Club Award for Journalism, alabándola por ser una de las "mejores reporteras del mundo". 



Rebecca West viajó a muchos países en calidad de reportera o simplemente como escritora. Durante la Segunda Guerra Mundial denunció el drama de bélico y al finalizar la contienda, cubrió los juicios de Nuremberg; relató el Aparheid de Sudáfrica y el drama de Yugoslavia. Viajó a México, el Líbano e infinidad de lugares que le sirvieron de inspiración para su obra literaria. 

En 1968, tras quedarse viuda, Rebecca se compró un amplio apartamento en Londres donde continuó con su carrera como periodista y escritora. Trabajadora incansable, fueron tantos los textos que escribió al final de sus días que algunas de sus obras se publicaron de manera póstuma. Rebecca West falleció el 15 de marzo de 1983 tras un largo y agónico deterioro físico que la obligó a permanecer en cama en los últimos meses de su vida, momentos en los que llegó a sufrir delirios y a perder parte de la visión. 

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