viernes, 22 de mayo de 2015

La Agente Rosa, Andrée Virot (1905-2010)

Más de un siglo vivió Andrée Virot, una mujer que tenía una vida tranquila y nunca se imaginó, como millones de personas en Europa, que su destino se vería truncado para siempre. Era una joven que regentaba un salón de belleza sin más aspiración que tener una vida tranquila y feliz cuando el nazismo sacudió su paz. Andrée se enfrentó a los alemanes ayudando a la resistencia y puso su vida al borde del abismo. Después de ser torturada y llevada a Ravensbruck, un milagro y la grandeza de otro ser humano le dieron una segunda oportunidad. Sin embargo, superada la guerra, la pesadilla de aquellos años oscuros la acompañó el resto de sus días.

Andrée Marthe Virot nació el 3 de febrero de 1905 en la ciudad francesa de Brest, en el seno de una familia de profundas creencias religiosas y patrióticas. Los primeros años de la vida de Andrée fueron como los de cualquier niña de su tiempo. Cuando la Segunda Guerra Mundial estalló, era una mujer de treinta y cuatro años que regentaba un salón de belleza en su ciudad natal.

Aquellos fueron días tristes en los que Andrée sacó todo el coraje y la valentía que escondía en su interior. Su primer acto heroico sucedió un día en el que la ciudad estaba en completo silencio, todo el mundo encerrado en sus casas escuchando como fuera se iban acercando las tropas alemanas. Andrée vio que había soldados franceses que intentaban huir, pero con sus ropas militares serían pronto descubiertos. Así que, sin dudarlo, les abrió las puertas de su casa y les facilitó ropa de civil con la que pudieron escapar. Desde entonces y hasta el final de la guerra, Andrée Virot formó parte de la silenciosa resistencia que, tras el frente bélico luchó con todas las armas que tuvo a su alcance para frenar el nazismo.

El 18 de junio de 1940, el general Charles de Gaulle pronunció un discurso esperanzador con la famosa frase "Francia ha perdido una batalla, ¡pero no la guerra!", ella y sus amigos decidieron transcribirla y distribuirla de manera clandestina. Andrée empezó entonces a repartir el periódico de la resistencia en Brest. 

Brest era una ciudad costera en la que las tropas alemanas operaban con gran asiduidad. Es por esto que aquella zona se convirtió en un importante centro de actividad secreta para la resistencia francesa. Andrée no tardó en incorporarse a las filas de la resistencia ayudando en la transmisión de comunicados y colaborando en el rescate de aviadores ingleses que caían en las costas cerca del frente alemán. Ella y otros miembros de la resistencia les ayudaban a deshacerse de su atuendo militar y los llevaban en bicicleta hasta el mar donde embarcaban en algún submarino aliado rumbo a Inglaterra. En uno de aquellos intercambio sde comunicaciones, Andrée parece ser que recibió un mensaje del mismísimo Winston Churchill agradeciendo su labor y la de la resistencia. Por desgracia, por cuestiones de seguridad, dicho mensaje tuvo que ser destruido.

Cuando Andrée fue delatada por un miembro de la resistencia que fue torturado, tuvo que huir a París donde pudo permanecer en la sombra muy poco tiempo. El 10 de mayo de 1944 era capturada, interrogada y torturada. Después de pasar varios días eternos recluida en una celda de castigo, la subieron a un tren de ganado junto a otras mujeres rumbo a Ravensbruck, el terrible campo de concentración femenino. 

Allí, en uno de los recuentos, un oficial alemán decidió que Andrée debía ser gaseada. El número tatuado en su brazo fue escrito en un pedazo de papel que dispuso sobre una mesa. De manera increíble, una de las amigas polacas que había hecho en el campo, se arrastró entre las otras reclusas, consiguió coger el papel y tragárselo delante de las narices de sus guardianes sin que se percataran de la arriesgada maniobra. Aquel acto heroico le había salvado la vida.

Poco tiempo después, cuando se acercaba el día D, Andrée Virot fue trasladada a Buchenwald donde una vez más burló a la muerte. A punto estaba de ser fusilada cuando los alemanes huyeron despavoridos ante la noticia de que las tropas aliadas se acercaban al campo. 

Terminada la guerra, Andrée regresó a su hogar para descubrir que parte de su familia había muerto. Marchó entonces a París para intentar rehacer su vida y consiguió abrir un restaurante conocido como La Caravelle. Fue allí donde conocería a John Peel, un joven estudiante veinte años más joven que ella, del que se enamoró y con quien compartió el resto de sus días.




Andrée Virot recibió en aquellos años importantes reconocimientos a su labor en la resistencia. El rey Jorge VI la condecoró con la King’s Commendation for Bravery; el presidente de los Estados Unidos, Eisenhower, hizo lo propio con la Medalla de la Libertad, mientras que en su patria recibió la Cruz de la Guerra y el nombramiento como Caballero de la Legión de Honor de la mano de uno de sus hermanos que también sobrevivió a la guerra. 

Pero todas estas medallas no pudieron borrar el dolor y el sufrimiento que sintió en su propia piel y que sus ojos tuvieron que presenciar durante los años de la guerra. Andrée tardó años en escribir sus memorias en una autobiografía titulada Los milagros existen. Fue en 1999. 

Andrée Virot, una mujer que se enfrentó a la injusticia y puso su vida en peligro, fallecía pocos meses después de cumplir los 105 años de edad, el 5 de marzo de 2010.

 Si quieres leer sobre ella 



Miracles do happen!
Andrée Peel







Heroínas de la Segunda Guerra Mundial
Kathryn J. Atwood

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