domingo, 26 de abril de 2015

Descubriendo el pasado, Mary Anning (1799-1847)

Mary Anning pertenecía a la clase baja y a una familia de protestantes que no aceptaba el credo anglicano. Y, por encima de todo, era mujer. Estos factores pesaron más al mundo científico de su tiempo que el amplio conocimiento que acumuló a lo largo de años de búsqueda de fósiles. Una búsqueda que aprendió de su padre y que inició para ganarse la vida y ayudar a la paupérrima economía familiar. Con el tiempo se convirtió en una eminencia en la sombra en el mundo de la paleontología y sus descubrimientos contribuyeron a desmontar la teoría creacionista y a corroborar las teorías evolutivas. Pero solamente algunos pocos hombres la citaron en sus estudios y fue después de su muerte que la Sociedad Geológica de Londres se dignó a rendirle el merecido homenaje.

Mary Anning nació el 21 de mayo de 1799 en la ciudad inglesa de Lyme Regis. Sus padres pertenecían a un grupo conocido como disidentes, es decir, que profesaban el protestantismo pero no seguían los dictados de la iglesia anglicana. Su padre, Richard Anning, se ganaba la vida como ebanista y vendiendo fósiles que encontraba en los muchos yacimientos costeros que se encontraban cerca de Lyme. Con su esposa Molly tuvieron una larga lista de hijos que fueron falleciendo de manera prematura. De hecho Mary fue bautizada con el nombre de la hija primogénita que había muerto al quemarse con el fuego de la casa. Solamente sobrevivieron ella y su hermano Joseph.

La familia Anning, además de ser pobres, sufrieron el rechazo social por su opción religiosa. Mary no recibió ningún tipo de educación formal y lo que aprendió a lo largo de su vida fue de manera autodidacta y por su propia inquietud. Mary y Joseph solían acompañar a su padre a los acantilados donde los niños empezaron a aprender a seleccionar y encontrar las piezas que después vendían a los coleccionistas que se acercaban a Lyme atraídos por la gran cantidad de fósiles descubiertos en la zona. 



En 1810, cuando Mary era aún una niña de unos diez años, la familia Anning recibió el duro golpe de ver morir a Richard de tuberculosis. Joseph y Mary siguieron buscando fósiles y vendiéndolos en una humilde parada a los apasionados de este tipo de coleccionismo. Aquel mismo año, Joseph hizo su primer descubrimiento importante, un cráneo de ictiosaurio, pero los ingresos familiares continuaban siendo escasos. Poco después, Mary descubrió el resto del esqueleto del especimen encontrado por Joseph. Era la primera vez que se encontraba un animal de aquellas características en tan buenas condiciones, lo que llamó la atención de la sociedad científica.

Fue por aquellos años cuando un rico coleccionista de fósiles llamado Thomas Birch ayudó a Mary y su familia organizando distintas subastas de fósiles y dándoles lo recaudado.

Mientras Mary continuaba escarbando la tierra de los acantilados, su hermano Joseph decidió iniciar una vida más tranquila y estable como tapicero. 




Los continuos hallazgos de Mary empezaron a captar la atención no solo de coleccionistas sino también de la sociedad científica de su tiempo. Además de encontrar los restos fósiles, Mary intentaba aprender de todas las publicaciones que caían en sus manos y estudiaba animales de su tiempo como peces o calamares a los que diseccionaba para encontrar similitudes con los restos que descubría en los acantilados. 

Pero de poco o nada servían sus esfuerzos por intentar profesionalizar su actividad. Los científicos que compraban sus fósiles y publicaban el descubrimiento en publicaciones científicas se olvidaban de nombrar a la muchacha de Lyme que los había encontrado. Solamente en ocasiones excepcionales se acordaban de ella. Como en 1829, cuando el científico William Buckland escribió acerca de un especimen encontrado por Mary, a la que citó en su artículo.




Otro geólogo, Henry de la Beche, medió en 1830 por ella para que una acuarela suya de un Duria Antiquior se imprimiera en una litografía. Esta imagen fue una de las primeras sobre animales prehistóricos ampliamente difundidas en los medios científicos.

Mary Anning falleció el 9 de marzo de 1847 de un cáncer de mama con el convencimiento de que la ciencia la había silenciado y se había aprovechado de sus hallazgos. Ser mujer pesó más que sus conocimientos ante la sociedad erudita que, sólo tras su muerte, se rindió a la evidencia. La Sociedad Geológica de Londres que le cerró las puertas en vida la homenajeó con un panegírico escrito por Henry de la Beche, uno de los pocos científicos que la había ayudado. Fue la primera persona que sin ser miembro de la sociedad recibía este homenaje. Por supuesto fue también la primera mujer. 

La iglesia parroquial de Lymes erigió una vidriera en su memoria, mientras la literatura se encargaba de rememorar su historia. 

 Si quieres leer sobre ella 

Las huellas de la vida, Tracy Chevalier


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