lunes, 19 de enero de 2015

Viajar como terapia, Isabella Bird (1831-1904)

Isabella Bird fue una mujer de frágil salud física y mental que encontró curiosamente en la vida del viajero una medicina única para sus dolencias crónicas. Su pequeño mundo en Yorkshire le asfixiaba hasta el punto de necesitar marchar al otro extremo del planeta para encontrar sentido a su existencia. Como otras trotamundos decimonónicas, Isabella Bird fue recopilando experiencias en unas notas que se convertirían en destacados libros de viajes. Y como muchas otras también, quiso viajar por el mundo hasta que su cuerpo ya no pudo más. Además de viajar como bálsamo para su débil salud, Isabella Bird tuvo siempre a los más desfavorecidos en mente, a los que ayudó siempre que pudo y a los que dedicó parte de los beneficios obtenidos por sus exitosos libros.

Isabella Lucy Bird nació el 15 de octubre de 1831 Boroughbridge Hall, en Yorkshire. Su padre, el Reverendo Edward Bird se había casado en segundas nupcias con Dora Lawson, a cuya familia pertenecía Boroughbridge Hall. Isabella tuvo una hermana pequeña, llamada Henrietta, con quien mantendría una relación muy estrecha toda su vida. Isabella y su hermana tuvieron una infancia marcada por los constantes traslados de toda la familia por causa del trabajo de su padre. Ambas fueron educadas por su propia madre. Además de enseñarles a leer y escribir, Dora formó a sus pequeñas en religión, costura y dibujo. Pero lo que más le gustaba a Isabella era unirse a los largos paseos campestres de su padre, quien marcaría profundamente su carácter y su futuro.

Sin embargo, el espíritu de Isabella se vio pronto ahogado en aquel tedioso mundo en el que viajar de vicaría en vicaría era lo más apasionante que existía. A su melancolía se unió una lesión de la espina dorsal que se convirtió en crónica tras una precaria operación quirúrgica cuando tenía dieciocho años.

Su padre, intentado encontrar una solución a las dolencias de su hija, decidió cambiar drásticamente de aires e instalarse durante seis meses en Escocia con su mujer y sus dos hijas. Aquello fue un revulsivo perfecto para Isabella quien disfrutó como nunca del aire libre y cuya experiencia plasmó en una revista local. Escocia sería el primer viaje de Isabella. Y no sería, ni mucho menos el último.

De nuevo volvía a sufrir terribles dolores de espalda y su ánimo empezaba peligrosamente a decaer. Así que decidió marchar de nuevo y lo hizo ni más ni menos que a la lejana isla del Príncipe Eduardo en Canadá desde la que continuó su periplo hasta recalar en la ciudad de Nueva York. Una inglesa en América sería su primer libro de viaje, editado por el que se convertiría en su gran amigo y mentor: John Murray.

En 1857, y de nuevo por prescripción médica, Isabella se reencontró con Nueva York desde donde viajó a otras ciudades de Norte América. Su viaje terminó de manera abrupta en abril de 1858 al conocer la muerte de su padre. En casa de nuevo, escribió Los aspectos religiosos en los Estados Unidos de América a la vez que convencía a su madre de trasladarse con ella a vivir a Edimburgo. En Escocia, donde había disfrutado de su primera experiencia como viajera, Isabella hizo un interesante círculo de amigos intelectuales. Pero de nuevo la mala salud hizo mella en su cuerpo. Sumida en la depresión, la muerte de su madre en 1866 agravó aún más su situación.

Fue gracias a su hermana Henrietta, quien estuvo siempre a su lado y la apoyó en sus proyectos como viajera, que Isabella pudo superar aquella difícil situación. Fue precisamente Henrietta quien la animó a emprender un nuevo viaje. Y esta vez puso rumbo a Melbourne, desde donde terminó recabando en las Islas Sandwich en Hawai donde permaneció medio año. En agosto de 1873 puso rumbo a los Estados Unidos. Los territorios del lejano Oeste fueron el escenario de una furtiva relación con un forajido legendario, Jim Nugent.

De vuelta a casa, en 1875 se publicaba su obra El archipiélago hawaiano y una serie de artículos narrando sus experiencias que la consagraron como escritora de libros de viajes. 

A mediados de 1878 volvía a coger su maleta y ponerse de nuevo en marcha. Su próximo destino: Japón. Allí permaneció seis meses y después viajó por otros países del continente asiático como China o Malasia. Desde allí, continuó su periplo por Egipto desde donde se embarcó rumbo a Inglaterra donde sus experiencias se convirtieron una vez más en éxito de ventas. Pero aquel feliz momento de su vida se vio empañado por la desaparición de su hermana Henrietta. Sola, sin sus padres ni su hermana, Isabella decidió aceptar una antigua proposición de matrimonio de un doctor llamado John Bishop.

Isabella Bird se casó de luto en 1881. Cinco años después quedaba viuda y de nuevo sola. Para superar aquella situación, Isabella decidió hacer algo memoria de su hermana y su marido y que además fuera de ayuda a los más necesitados. Así, tras formarse brevemente como enfermera, se embarcó hacia la India donde fundó el John Bishop Memorial Hospital y otro hospital en recuerdo de Henrietta. Antes de volver a casa, Isabella viajó por Persia y el Kurdistán, lugares que serían la esencia de su obra cumbre, Viajes por Persia y Kurdistán.

Su prestigio como viajera la convertirían en la primera mujer en ser aceptada en la tradicionalista y inamovible Real Sociedad Geográfica de Londres. 

Isabella continuó viajando. El siguiente destino fue de nuevo Japón, Manchuria y Corea, lugares donde permaneció tres años y llegó a temer por su vida. Después de regresar y publicar otras exitosas obras, aún en 1900 organizó un viaje a Tánger. 

Pero cuando Isabella arribó a Londres, ya era una mujer que había sobrepasado los setenta y su cuerpo ya no la iba a poder seguir demasiado tiempo más. Dos años pasó postrada en su cama, lo que desde luego habría supuesto una terrible prueba para ella, hasta que su vida se apagó el 7 de octubre de 1904.

 Si quieres leer sobre ella 


Viajeras de leyenda
Pilar Tejera



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