lunes, 8 de diciembre de 2014

La naturaleza en mil lienzos, Marianne North (1830-1890)

Un día de junio de 1882 una dama inglesa de cincuenta y un años permanecía medio escondida en un rincón de la imponente sala que llevaba su propio nombre. 832 pinturas se exponían por primera vez al público en la Marianne North Gallery, ubicada en el Jardín Botánico de Kew, uno de los más importantes y prestigiosos del mundo. Eran el testimonio de una vida apasionante y unas impactantes ventanas a los lugares más recónditos del mundo a los que viajó Marianne North y en los que descubrió, observó e inmortalizó con su pincel, una naturaleza que convirtió en arte. Más de mil invitados, entre ellos muchos personajes de renombre del mundo de la ciencia, observaron impactados la obra de Marianne mientras ella permanecía con el catálogo de sus lienzos entre las manos pensado muy posiblemente que aquel hermoso espacio aún debía completarse. Nuevos viajes la estaban esperando.

Marianne North nació el 24 de octubre de 1830 en Hastings, Inglaterra. Hija de un reputado político de su tiempo, Frederick North, Marianne vivió su infancia a caballo entre las distintas mansiones de su familia y rodeada de cultura e intelectuales que visitaban su hogar en múltiples ocasiones. La música y la pintura fueron disciplinas artísticas que la atrajeron desde pequeña.

Marianne tuvo siempre una estrecha relación con su padre que se acentuó aún más con la muerte de su madre en 1855. Empezó entonces una época agridulce en la que, huyendo de la pérdida de su madre, Marianne viajó con su padre a lo largo y ancho de Europa y de otros lugares como Oriente Próximo. Pero en 1869 volvía a sufrir un duro golpe con la desaparición de su padre. La soledad fue entonces su compañera de viaje hasta el final de sus días y viajar pasó de ser un mero entretenimiento a una manera de vivir. 




En 1871 Marianne North vendía la propiedad familiar de Hastings y emprendió su primera gran aventura. Jamaica fue el inicio de una nueva vida. Con su silla plegable, sus pinceles afilados para la ocasión y su sombrilla a prueba del sol y la lluvia, podía pasar horas enteras mirando un camaleón o una planta de impronunciable nombre latino, sin percatarse del paso del tiempo1. Así empezaría una extensa colección de cuadros en los que reflejó la naturaleza que se le presentaba ante sus ojos.

Desde Jamaica viajó hasta Brasil, donde permaneció un año entero y después de realizar más de cien lienzos de gran realismo y precisión de plantas y animales exóticos volvió a Inglaterra donde permaneció muy poco tiempo.

A principios de 1875, acompañada de una amiga, partía en su segundo viaje que la llevarían a lugares tan lejanos como Japón o la India. Cuando en verano de 1879 regresaba de nuevo a Inglaterra tuvo verdaderos problemas para trasladar todos los cuadros que había pintado en aquellos cuatro años de viaje.

Sus lienzos fueron primero expuestos en una pequeña galería londinense que alquiló ella misma pero pronto se puso en contacto con los responsables del Jardín Botánico Real de Kew y decidió donar sus pinturas a cambio de que estas fueran expuestas en un lugar adecuado.




Pero antes de la inauguración de la Marianne North Gallery y siguiendo los consejos del director del Jardín Botánico y las sugerencias de Darwin, quien había sido durante años amigo de su padre, viajó durante un año a Australia y Nueva Zelanda para completar su catálogo.

De vuelta a casa, en 1882, se inauguraba el que sería el hogar de sus lienzos hasta el día de hoy. Aquel mismo año, Marianne realizaba un nuevo viaje. África era el único continente que aun no había explorado, así que desembarcó en Ciudad del Cabo y continuó su periplo por lugares tan hermosos como las islas Seychelles.




A finales de 1884 emprendería el que sería su último viaje. Chile fue el destino; el objetivo, pintar la araucana imbricada. 

Cuando regresó de Chile con su ansiado dibujo bajo el brazo, Marianne North alquiló una casa en Gloucestershire donde permanecería el resto de su vida aquejada de fiebres tropicales y de otras enfermedades fruto de una agitada e intensa existencia. Aun tuvo tiempo sin embargo de escribir sus memorias, Recollections of a happy life y Further recollections. El 30 de agosto de 1890 fallecía en su último refugio. 

Su obra permanecería en la Marianne North Gallery para deleite de los amantes de la pintura, de la ciencia y de la naturaleza. Una naturaleza que fue bautizada con su nombre en alguno de sus pequeños rincones, pues existen muchas especies que llevan el nombre de la gran exploradora. 

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Notas: 

1. Viajeras de leyenda, Pilar Tejera. Pág. 59



 Si quieres leer sobre ella 

Viajeras de leyenda, Pilar Tejera








Viajeras intrépidas y aventureras, Cristina Morató

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