martes, 4 de febrero de 2014

La inspiración de su marido, Zelda Fitzgerald (1900-1948)

El inolvidable escritor de principios del siglo XX, F. Scott Fitzgerald, autor de obras tan conocidas como Suave es la noche o El Gran Gatsby, se inspiró en muchos de sus personajes femeninos en su propia esposa, Zelda. Una muchacha alegre de la que se enamoró desde el primero momento en que la vio y con la que se casó en cuanto consiguió convencerla. Pero su matrimonio no fue un camino de rosas. Zelda sufrió constantemente de celos hacia su marido y no aceptó de buen grado que utilizara su vida para dar forma a las mujeres de sus historias de ficción. Zelda, quien quiso dedicarse al baile, a la pintura y también a la escritura, fue diagnosticada de esquizofrenia y murió trágicamente en un hospital psiquiátrico. Su espíritu prevalece, sin embargo, en las palabras inmortales de su marido, al que inspiró grandes obras convertidas en clásicos de la literatura norteamericana.

La joven muchacha de Alabama
Zelda Sayre nació el 24 de julio de 1900 en Montgomery, en el estado norteamericano de Alabama. Era la pequeña de seis hermanos. Su madre, Minerva Buckner, quien le puso el curioso nombre de Zelda inspirándose en dos obras literarias, era una mujer muy cariñosa, sobretodo con la pequeña de sus hijas, contrastando con el carácter distante de su padre, Anthony Dickinson Sayre, un abogado de rígida conducta. 

Zelda destacó desde su infancia y juventud por ser una niña extremadamente activa y sociable que amaba el ballet por encima de cualquier otra cosa. Una de las muchachas más famosa de su pueblo, no es de extrañar que llamara la atención de un joven de unos veinte años al que conoció cuando ella tenía dieciocho años. F. Scott Fitzgerald se encontraba en Camp Sheridan realizando unos entrenamientos militares, cuando quedó prendado de Zelda. Desde entonces la visitaba siempre que tenía un momento libre y ya empezó a inspirarse en ella para sus primeras novelas. Scott tuvo una difícil competencia en los muchachos de la zona pero él no se rindió y continuó cortejando a Zelda hasta que en 1920 se licenció y se instaló en Nueva York desde donde envió a su amada un anillo que había pertenecido a su madre. A pesar de que la familia de Zelda no aceptó de buen grado a aquel aspirante a escritor que bebía demasiado, ella aceptó aunque aún le puso alguna prueba definitiva antes de dar el sí definitivo.




Un matrimonio inspirador
Antes de casarse, Zelda puso como condición que su primera novela, Este lado del paraíso, se hubiera publicado. El 26 de marzo de 1920 el libro se publicaba. Cuatro días después, Zelda llegaba a Nueva York y el 3 de abril se casaba con Scott en la Catedral de San Patricio.

Empezaba entonces un matrimonio lleno de excesos, de alcohol y fiestas en los dorados años veinte. Un año después tuvo que frenar aquella vida disoluta pues Zelda se quedó embarazada de su primer hijo, una niña llamada Frances Scott Fitzgerald. Un año después Zelda volvía a quedarse embarazada pero perdió al bebé.

En aquellos años, Zelda publicó algunos artículos en revistas locales mientras su marido continuaba con sus novelas en las que utilizaba a su propia esposa, e incluso sus diarios personales, para crear a los personajes femeninos de sus obras, algo que su esposa no aceptó con demasiada complacencia.




En 1924 la pareja se trasladaba a vivir a París y después a Antibes, un pequeño y bucólico rincón de la riviera francesa. Allí, mientras F.Scott Fitzgerald se encontraba sumergido en su obra más famosa, El Gran Gatsby, su esposa, de la que hacía tiempo que se había distanciado, disfrutaba de la vida en brazos de un piloto francés. Entusiasmada con el idilio, Zelda pidió el divorcio a su marido pero pronto se vio traicionada por el piloto que al enterarse de la decisión de Zelda huyó para no volver a verla nunca más.

Aquel triste episodio en la vida de los Fitzgerald los marcó para siempre. Mientras Scott terminaba El Gran Gatsby, Zelda intentaba ahogar su tristeza en la pintura y en los barbitúricos. La imagen de pareja glamourosa e ideal que transmitían al público era una simple fachada.

Lo cierto fue que Zelda se sentía demasiado sola en los procesos creativos de su marido al que llegó a culparlo de homosexual por no satisfacer sus deseos más íntimos. El alcohol, la tristeza y la obsesión se apoderó inexorablemente de los Fitzgerald. Zelda intentó entonces reencontrarse con la bailarina que fue en su juventud y quiso volver a dedicarse al baile, pero, una vez más, su marido no ayudó a una mujer deseosa de experiencias y de convertirse, ella también, en alguien famoso por su propio talento.




El declive
En 1930, Zelda fue diagnosticada de esquizofrenia e ingresaba en un sanatorio en Suiza. Dos años después, ya en los Estados Unidos, donde también tuvo que vivir en un hospital psiquiátrico, Zelda empezó a escribir Save Me the Waltz, su primera y única novela en la que hizo una suerte de autobiografía sacando a la luz las miserias de su relación con Scott. La furia de su marido no tardó en desatarse. Él, que desde que conociera a Zelda, la utilizó como inspiración, no consintió que su esposa hiciera lo mismo. Las críticas de su propio marido no ayudaron a que su novela fuera un éxito. Más bien todo lo contrario.

Zelda Fitzgerald pasó el resto de su vida recluida y dedicada a la pintura. Diez años antes de su muerte, Zelda vio por última vez a su esposo, quien falleció en 1940 junto a su amante. Zelda no acudió a su funeral.

El 10 de marzo de 1948, Zelda fallecía en un sanatorio de Asheville a causa de un incendio que se desató en el centro hospitalario en el que murieron otras ocho mujeres. 

Por expreso deseo de su única hija, los Fitzgerald descansan juntos para siempre.

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