lunes, 5 de diciembre de 2011

Los dedos manchados de tinta, Émilie du Châtelet (1706-1749)

Émilie du Châtelet lo consiguió todo. Estudió, fue madre, cuidó su bello aspecto y recibió el reconocimiento de grandes científicos de su época. Lo que hoy llamaríamos una mujer de éxito, eso fue esta marquesa del siglo XVIII que se coló entre los principales nombres de la Revolución Científica.

Una inteligencia precoz
Gabrielle-Émilie le Tonelier de Breteuil nació en París el 17 de diciembre de 1706. Su madre era Gabrielle-Anne de Froulay y su padre, Louis Nicolas Le Tonnelier, barón de Breteuil. La única mujer de los seis vástagos de la familia, Émilie no se vio nunca marginada en el acceso a la educación.

Émilie no sólo vivió rodeada de un ambiente intelectual gracias a las amistades de su padre que llenaban su casa en París de filósofos y eruditos, sino que recibió una elevada formación. La única limitación respecto de sus hermanos fue que, debido a su condición femenina, su acceso a la universidad estaba vetado. Para superar este problema, el barón de Breteuil facilitó a su hija los mejores preceptores.

La pequeña aprovechó con creces el acceso al mundo intelectual. A los diez años ya había leído a Cicerón y las matemáticas y la metafísica ya no eran desconocidas para ella. Dos años después hablaba varios idiomas y traducía textos del griego y del latín1.

Desde bien pequeña demostró una capacidad excepcional de sacrificio. No dormía más que escasas horas necesarias para continuar sus estudios. Cuando empezó a aparecer en público en la corte se decía que lo hacía con manchas de tinta en los dedos, algo del tono inusual en una jovencita de su época.

La actitud privada y pública de Émilie angustiaba sobremanera a su pobre madre que pensaba que nunca podría casar a una hija tan poco convencional.

La marquesa de Châtelet
Pero su madre se equivocó. Tras disfrutar un tiempo del lujo de la corte de Versalles en la que fue presentada con 16 años, Émilie consiguió casarse con el marqués du Chastellet-Lomont. Era el 20 de junio de 1725. Émilie tenía 19 años y su recién estrenado esposo, 30.

Para sorpresa de todos, la joven estudiante se convirtió en una marquesa digna de su nombre. Se paseó por los salones de París mostrando gran belleza y elegancia y cumplió con sus deberes de esposa dándole al marqués tres hijos. También disfrutó de la vida disoluta de la capital francesa con varios amantes como el duque de Richelieu.

La marquesa y el filósofo
Émilie no se olvidó de su gran pasión por el estudio y las matemáticas. Tras el reencuentro con el filósofo Voltaire, al que había conocido cuando era todavía una niña, le dio refugio en el castillo de Cirey donde vivía con su esposo, para intentar evitar las acusaciones vertidas sobre él tras la publicación de sus Cartas Filosóficas. En Cirey Émilie y Voltaire iniciaron un intenso periodo de estudio e investigación científica. El análisis y difusión de las teorías de Newton fueron el centro de sus análisis.

Con cortinajes oscuros en las ventanas para evitar ser interferidos por los cambios del día y la noche, la marquesa y el filósofo se sumergieron en una trepidante vida de estudio que duraría diez largos e intensos años.

El resultado fue la creación de una de las bibliotecas más extensas y espectaculares de la época equiparable sólo a los centros universitarios del momento, y la publicación de una obra en tres volúmenes sobre Leibniz, las Instituciones de física y un tratado sobre Newton firmado conjuntamente con Voltaire conocido como Principios matemáticos de la filosofía natural, entre otras.

Émilie du Châtelet consiguió un amplio reconocimiento de la comunidad científica del XVIII en toda Europa. Atrás quedaban sus entradas en el café Gradot de París, centro de encuentro de científicos, matemáticos y filósofos, vestida de hombre para que no le vetaran el acceso.

Émilie du Châtelet no desatendió el cuidado de su casa ni su apariencia física, convirtiéndose en una de las marquesas más elegantes de la Francia del final del Antiguo Régimen.

La vida de la gran científica terminó dramáticamente tras un embarazo inesperado fruto de una fugaz relación con Jean François de Saint-Lambert, un joven poeta y oficial de la guardia del duque Estanislao de Lunéville. El parto fue fatal para Émilie. Trabajadora incansable, en los últimos días de su vida estaba traduciendo la obra de Newton Philosophiae naturalis principia mathematica. Terminó su trabajo el mismo día de su muerte, el 10 de septiembre de 1749. Su hija moría pocos días después.

No sólo sus obras recuerdan a esta mujer excepcional. Un asteroide y un cráter de Venus llevan su nombre.

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1. Historia de las mujeres, una historia propia. Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser. Pág. 560

2 comentarios:

  1. ¡Bravo por tan insigne hija y por tan poco convencional padre para la época, que supo dotar a Émilie de unas posibilidades de acceso al conocimiento envidiables para cualquier otra mujer! No me extrañan en absoluto los temores de su pobre madre de no casar a su hija, una "culta latiniparla" de quien en época de Quevedo en España se diría "Mujer que estudia latín, nunca tiene buen fin", es decir, que no se casaba.
    Me alegra conocer una figura que supo conjugar el afan de conocimiento con los placeres mundanos, que supo disfrutar de la vida en todas sus posibilidades y que al final se vio recompensada por los dioses con su catasterización eterna en el cielo.
    Muchas gracias, Sandra, por mostrarnos personalidades tan seductoras como esta.
    Mil besiños, cara.

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  2. Profedegriego: Me ha encantado la cita! Cuanta verdad recoge en tan pocas palabras. Besitos

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