Drácula es sin lugar a dudas, una de las obras cumbre del género de terror. Su autor, Bram Stoker, se convirtió en todo un referente de la literatura vampírica. Pero fue su esposa, quien a la muerte del autor asumió la responsabilidad de ser su albacea literaria, la que veló porque su legado fuera eterno.
Florence Anne Lemon Balcombe nació el 17 de julio de 1858 en la localidad inglesa de Falmouth. Era una de los siete hijos de James Balcombe y Philippa Marshall. Cuando Florence tenía dos años, la familia se trasladó a vivir a Irlanda donde James siguió con su carrera militar.
Convertida en una joven belleza, culta y amante de la música y el teatro, Florence conoció a Oscar Wilde en Dublín en 1876. Al parecer habría sido el primer amor del escritor. Este, prendado de Florence, le regaló una cruz de oro con su nombre grabado y una acuarela pintada por él mismo. Una relación que terminó con la misma rapidez como había empezado y poco tiempo después empezó una relación con Bram Stoker. Por aquel entonces, Bram, once años mayor que ella, trabajaba como funcionario en la administración de Dublín. La pareja se casó el 4 de diciembre de 1878 y poco después se trasladaron a vivir a Londres donde Bram había aceptado un trabajo de representante del actor Henry Irving, quien se convertiría en el padrino del único hijo de los Stoker, nacido en 1879.
Mientras Bram se volcaba de lleno en su trabajo, Florence convertía su casa de Chelsea en un reputado salón literario en el que se daban cita personalidades de la cultura como Arthur Conan Doyle, George Bernard Shaw, Keats o el propio Oscar Wilde. Apasionada por el teatro, la señora Stoker apareció en pequeños papeles en algunas de las producciones de la época.
En algunas de las giras que Bran e Irving realizaban por distintos países, Florence solía acompañarlos, pero en otras ocasiones, se instalaba en Irlanda con su hijo.
La muerte de Henry Irving en 1905 terminó con la carrera como representante de Bram Stoker quien, además, sufría poco tiempo después un derrame cerebral que le dejó secuelas permanentes en la movilidad y la visión. Con múltiples problemas físicos, Bram quedaba mucho tiempo postrado en cama y recibía el cuidado de Florence. Para entonces, Para entonces, su gran novela Drácula, publicada en 1897, era ya todo un éxito y la pareja pudo vivir de las ganancias de las ventas y de los artículos que Bram escribía para varias publicaciones como el Daily Telegraph. Sin embargo, los apuros económicos fueron constantes, sobre todo a medida que la salud de su marido declinaba, por lo que tuvo que hacerse cargo de la contabilidad y de gestionar los gastos. Florence cuidó de su marido hasta su muerte en 1912.
Dos años después, la viuda de Bram Stoker publicaba una serie de relatos de su marido bajo el título El huésped de Drácula. Cuando años después, en 1922 descubrió que la productora alemana Prana-Film había estrenado Nosferatu, una adaptación no autorizada de Drácula, inició una larga y complicada batalla legal contra lo que ella consideraba una clara apropiación indebida de los derechos de autor. Florence ganó el caso, después de tres largos años de litigios. A pesar de que se tuvieron que destruir todas las copias, la película sobrevivió.
Celosa del legado de su marido, Florence vigiló el resto de su vida que la obra de Bram Stoker no fuera manipulada ni utilizada sin permiso. Así, permitió una versión teatral en 1924, protagonizada por Bela Lugosi, quien también se metería en la piel de Drácula en la película de 1931 y por la que Florence recibió cuarenta mil dólares por los derechos cinematográficos.
Florence pudo vivir holgadamente el resto de sus días. El 25 de mayo de 1937 fallecía en su casa de Londres
