Contra la talidomida, Frances Kelsey (1914-2015)

 En los años cincuenta, muchas mujeres encontraron en un fármaco llamado talidomida la solución perfecta para mitigar las molestias que producía el embarazo. Un medicamento que creyeron inocuo, pero terminó siendo dramático para sus bebés. Miles de ellos nacieron con malformaciones, muchos sin brazos ni piernas. No fue hasta que una científica canadiense dio la voz de alarma y, sin dejarse amedrentar por las presiones de las empresas farmacéuticas, demostró que era la talidomida la causa directa de todas aquellas malformaciones. 

Frances Kathleen Oldham Kelsey nació el 24 de julio de 1914 en la localidad canadiense de Cobble Hill. Después de graduarse en ciencias en la Universidad McGill inició su trayectoria en el mundo de la farmacología en la Universidad de Chicago. Su puesto como asistente de investigaciones lo consiguió porque el profesor Eugene Geiling, al que envió su solicitud, pensó que Frances era un nombre masculino. En su respuesta afirmativa escribió "Sr. Oldham". A pesar de la confusión, Geiling ya no se pudo echar atrás y aceptó a Frances en su equipo. 

Convertida en una eficaz investigadora, Frances empezó a detectar cosas extrañas en las numerosas e inusuales muertes relacionadas con la sulfanilamida. Sus conclusiones permitieron la aprobación en el Congreso de los EEUU la Ley Federal de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos de 1938. Ese mismo año obtenía el doctorado en Farmacología por la Universidad de Chicago donde siguió trabajando como profesora e investigadora. Allí conoció al doctor Ellis Fremont Kelsey, con quien se casó en 1943. 

Frances siguió estudiando y en 1950 obtuvo el doctorado en Medicina de la Universidad de Chicago. También participó como editora asociada de la revista Journal of the American Medical Association. En 1954 se trasladó a vivir a Dakota del Sur con su marido y las dos hijas que había tenido donde continuó trabajando como profesora de Farmacología y colaborando en la investigación junto a Ellis.

Convertida en un referente, Frances recibió una oferta de la Administración de Medicamentos y Alimentos (Food and Drug Administration - FDA), una agencia gubernamental de los EEUUdonde asumió la responsabilidad de revisar medicamentos. Uno de los primeros fármacos que tuvo que analizar fue la talidomida que tenía el nombre comercial de Kevadon y se prescribía a las mujeres para mitigar los malestares del embarazo. La talidomida llevaba tiempo en el mercado europeo y africano, pero Frances no lo vio claro y exigió que se paralizara su distribución en los EEUU y se realizaran más estudios. 

Las presiones de la farmacéutica encargada de su comercialización no fueron suficientes para convencer a Frances. Algo extraño estaba sucediendo con la Talidomida y quería descubrirlo antes de que fuera tarde. Algo que finalmente se confirmó de la manera más dramática posible. Más de diez mil niños de más de 40 países nacieron con malformaciones que en los casos más graves suponía la ausencia total o parcial de extremidades. Frances confirmó la relación entre la talidomida y estos terribles efectos secundarios y el medicamento desapareció del mercado. 

Se convirtió así en una heroína en los EEUU pues había conseguido evitar que lo sucedido en otros lugares del mundo pasara también entre las madres estadounidenses. También forzó la revisión de las leyes sobre los protocolos que debían seguir los medicamentos antes de salir al mercado. 

El presidente John Fitzerald Kennedy le entregó personalmente en 1962 el President's Award for Distinguished Federal Civilian Service. Frances continuó trabajando en la FDA hasta que se jubiló en 2005 a los 90 años. Desde entonces, y hasta su muerte el 7 de agosto de 2015 vivió retirada en Ontario. Para entonces había recibido muchas condecoraciones y un premio de la FDA lleva su nombre. Pocas horas antes de morir, recibió la insignia como miembro de la Orden de Canadá. 

Bibliografía

¿Cómo se sale de aquí? Una historia del parto, Randi Hutter Epstein 

Frances Oldham Kelsey, the FDA, and the Battle against Thalidomide, Cheryl Krasnick Warsh