La santa de los inmigrantes, Francisca Javiera Cabrini (1850-1917)

 Era mujer y quería ser misionera. Era frágil y quería enfrentarse a los gigantes de la injusticia. Ni su condición femenina ni sus limitaciones físicas impidieron que Francesca Saverio o Francisca Javiera Cabrini se convirtiera en un pilar para los italianos que vivían en condiciones lamentables en una próspera Nueva York decimonónica. Su incansable, e impagable labor, la convirtió en la santa de todos los inmigrantes. 

Francesca Saverio Cabrini nacía en la localidad italiana de Sant' Angelo Lodigiano el 15 de julio de 1850. Fue la última de los diez hijos que dio a luz su madre, Stella Oldini  (solamente sobrevivieron la mitad). Criada en una familia católica de sencillos agricultores, la pequeña Francisca adoleció siempre de una delicada salud puesto que había nacido prematuramente con tan solo siete meses. Desde niña se sintió atraída por la oración y escuchó atentamente la palabra de Dios de personas como su propio tío, un sacerdote llamado Don Luigi Oldini. Era una niña cuando Francisca se cayó a un río y fue arrastrada por la corriente. Convencida de que su rescate había sido un milagro y se había salvado gracias a la intercesión divina, afianzó aún más su fe. 

En 1868 consiguió el título de maestra tras estudiar en la escuela de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús de Arluno. De vuelta a su ciudad natal, empezó a trabajar en la escuela parroquial y otros centros educativos hasta que en 1870 tomó la decisión de ingresar en el convento el que había estudiado. Sin embargo, las monjas de Arluno la rechazaron amablemente argumentando que estaba demasiado débil de salud como para soportar aquella vida. No fue el único convento que le cerró las puertas por esta razón. Pero Francisca siguió firme en su decisión y mientras no encontraba su lugar en el mundo. En 1874 recibió la propuesta de un sacerdote de Codogno que gestionar un orfanato de las Hermanas de la Providencia. Fue allí donde hizo los votos y se convirtió en la hermana Francisca Javiera (Saverio en italiano) en honor del patrón de los misioneros, San Francisco Javier. Toda una declaración de intenciones, pues Francisca quería ser misionera en Asia. 

Su sueño era ser misionera en Oriente, pero el destino quiso que se convirtiera en protectora de sus conciudadanos en EEUU

Seis años después de llegar a Codogno, el convento y su orfanato desaparecía, algo que ella aprovechó como una oportunidad. Después de buscar, y no encontrar, una orden religiosa que la preparara para ser misionera, decidió ella misma fundar una. En el invierno de 1880, acompañada de algunas religiosas del antiguo convento, compró un antiguo cenobio franciscano en la misma localidad y fundó el Instituto de Misioneras Salesianas del Sagrado Corazón. 

Allí empezaron su labor recuperando la ayuda a niños huérfanos además de gestionar una escuela. Poco a poco, la orden de fue expandiendo y la fama de Francisca extendiéndose por Italia. En aquellos años, el obispo Giovanni Scalabrini había fundado la congregación de los Misioneros Scalabrinianos y estaban planeando viajar a los Estados Unidos para abrir un orfanato en Nueva York. 

Francisca Javiera fue una mujer de salud frágil desde niña, pero nada ni nadie frenaron su infinita voluntad de entrega a los demás

En 1887, Francesca viajó a Roma para pedir al Papa León XIII permiso para establecer un convento de su congregación en la Ciudad Eterna y autorización para iniciar su misión en Asia. Sin embargo, el pontífice pensó que la religiosa sería más útil en Nueva York, donde una gran comunidad de inmigrantes italianos vivían en condiciones paupérrimas. León XIII le prometió apoyo de los Scalabrinianos, quienes empezaban a tener ya presencia en la ciudad. 

El 31 de marzo de 1889, Francisca Cabrini llegaba a Nueva York con otras seis hermanas de su congregación. Allí no había nadie esperándolas, como les habían prometido, dado que los religiosos creían que llegaría un tiempo más tarde. Sea como fuere, la primera noche la tuvieron que pasar en una pensión de mala muerte, sentadas en sillas para evitar los chinches de los colchones. Los primeros momentos en Nueva York fueron muy duros. El arzobispo Corringan, de origen irlandés, comunidad muy amplia en la ciudad estadounidense y con un gran prejuicio hacia los italianos, vio igualmente con recelo la llegada de mujeres para ayudar. En su primer encuentro, el arzobispo intentó que las religiosas regresaran a Italia, algo que no sucedió cuando Francisca le enseñó las credenciales papales con las que había viajado. 

Fueron las Hermanas de la Caridad del barrio del Bronx las que acogieron a las religiosas italianas hasta que los sacerdotes scalabrinianos cedieron un convento en ruinas en la zona de Five Points en Manhattan. 

Tampoco los italianos veían a aquellas mujeres con buenos ojos, puesto que muchos inmigrantes recelaban de la jerarquía eclesiástica. Además, su origen lombardo tampoco ayudó a granjearse la simpatía de comunidades italianas provenientes del sur del país. 

Francisca hizo oídos sordos a insultos constantes y con la ayudar de otras religiosas neoyorquinas empezó a atender a enfermos, enseñar a niños y dar de comer a quien más lo necesitaba. Su labor empezó a ser bien vista por la comunidad de Little Italy que no pudo más que colaborar con los trabajos que realizaban de manera incansable las religiosas. 

Tras mucho esfuerzo, Francisca pudo inaugurar el Orfanato del Sagrado Corazón en el Lower East Side de Manhattan. Poco tiempo duró en aquella zona, puesto que el coste de mantenerlo en el corazón de la ciudad obligó a Francisca a trasladarlo a las afueras. 

En 1890, Francisca Cabrini compró una propiedad a los jesuitas en West Park y allí trasladó el orfanato, impulsó un noviciado y terminó convirtiéndose en el que hoy es el Hogar de la Santa Cabrini. A pesar de que las hostilidades por parte de la arzobispado continuaban, Francisca siguió con su labor misionera. Más religiosas llegaron de Italia y su reputación fue en aumento. 

Desde Nueva York inició una intensa labor en otras ciudades del continente americano, viajando a Nicaragua, Chile, Brasil o Argentina, lugares donde fundó orfanatos y escuelas. De vuelta a su hogar en Nueva York, continuó ayudando a la comunidad italiana de la ciudad y de otros lugares cercanos como Nueva Jersey o Pensilvania. 

Tras largos años en Estados Unidos, en 1909 consiguió la ciudadanía. Y siguió trabajando. Y siguió sufriendo el ataque de quienes seguían empeñados en boicotear su labor. En varias ocasiones recibió ataques durante la construcción de distintos hospitales. 

En 1912 tomó la decisión de regresar temporalmente a Italia para recabar fondos y apoyos. Cuando regresó a los EEUU, reservó varios pasajes para ella y sus compañeras en el Titanic que cambió a última hora. 

A pesar de que su salud fue deteriorándose a marchas forzadas, sobre todo por su incansable labor y viajes por América y atravesando el Atlántico, Francisca Cabrini siguió con su labor de ayuda a los más necesitados. En las navidades de 1917 se encontraba en Chicago, en la casa de su congregación, donde falleció el 22 de diciembre. Tenía 67 años. 

Sus restos mortales se trasladaron a Nueva York y fue enterrada en el Hogar de Santa Cabrini en West Park. Al final de su vida, había fundado decenas de orfanatos, escuelas y hospitales en América y Europa. En 1926, su congregación cumplió con el sueño original de Francisca de enviar misioneras a Asia. 

En 1938, Pío XI beatificaba a Francisca Cabrini. Pío XII la canonizó en 1946 y cuatro años después la nombró patrona de los inmigrantes. Su fiesta se celebra el 22 de diciembre, en el aniversario de su muerte, aunque en EEUU se celebra el 13 de noviembre, día de su beatificación. 

Su vida ha sido llevada a la gran pantalla en dos ocasiones en los últimos años. En 2019, una cinta de producción italiana, Mother Cabrini, y en 2024, una superproducción  estadounidense bajo el nombre de Cabrini. Una mujer italiana

Bibliografía

Francis W. Philips, Madre Cabrini: Misionera de Esperanza y Amor