martes, 7 de enero de 2014

La retratista olvidada, Christina Robertson (1796-1854)

Pocas son las mujeres que encontramos en los libros de historia del arte. Sólo algunas afortunadas consiguieron inmortalizar su nombre. Pero muchas otras, con igual o incluso superior talento a los hombres, cayeron en el olvido. Una de aquellas pintoras es Christina Robertson. De su vida privada poco se sabe. En vida tuvo mucha fama y reconocimiento como retratista en la corte imperial rusa, algo inaudito para una mujer que además estaba casada y debía hacerse cargo de sus hijos. Pero como muchas, al final de sus días y tras su desaparición, su obra quedó prácticamente escondida a los ojos del gran público.

De Escocia a Rusia
Christina Sanders nació en la ciudad escocesa de Fife en 1796 en el seno de una familia de artistas. No se sabe quién ni cómo recibió su formación artística pero es probable que su talento fuera descubierto por sus propios familiares. Pronto empezó a destacar como miniaturista y retratista.

En 1822 se casó con otro artista, James Robertson, de quien adoptó el apellido. Establecidos en Londres, la pareja tuvo ocho hijos, de los cuales sobrevivieron cuatro.

Desde su estudio londinense, Christina empezó a participar en las exhibiciones anuales de la Real Academia de Londres y Edimburgo y expuso su obra en distintos centros artísticos. Su talento fue reconocido en 1829 cuando se convirtió en la primera mujer en recibir el título de miembro honorífico de la Academia Escocesa. 

Anna Sheremeteva

En aquellos años, Christina Robertson hizo varios viajes a París donde entró en contacto con clientes rusos que con el tiempo le abrirían las puertas del Palacio Imperial de San Petersburgo. Mientras tanto, sus trabajos se incluían también en periódicos y revistas que aumentaron su fama y notoriedad. 

Su gran oportunidad llegó en 1839 cuando la pintora participó en una exhibición de la Academia de Arte en San Petersburgo donde fue aclamada por el público en general y la crítica en particular. Su fama llegó a la corte rusa donde al año siguiente fue llamada para retratar a Nicolás I y su esposa la emperatriz Alexandra Feodorovna. 

Maria Nikolaevna con sus hijos

En 1841 era elegida miembro de la Academia de Arte rusa y volvía a Inglaterra donde permanecería seis años. 

Cuando en 1847 volvió a Rusia sería para vivir los últimos años de su existencia. A pesar de que continuó pintando para la familia imperial y recibió encargos de distintos clientes de la alta sociedad, las hostilidades ruso-inglesas originadas a raíz de la Guerra de Crimea, no fueron favorables para una británica en tierras rusas. 

Gran Duquesa Maria Alexandrovna

Los últimos años de su vida fueron tristes para Christina Robertson. El empeoramiento de su salud, la disminución de encargos y los problemas económicos ocasionados por la falta de pagos de algunos de sus trabajos, oscurecieron su estancia en Rusia. 

Aún así, cuando Christina fallecía en San Petersburgo en 1854, su cuerpo descansaría eternamente en el cementerio de Volkov.

Su vida y su obra cayeron en el olvido hasta que, a finales del siglo XX, distintas exposiciones en sus dos patrias, Rusia y Escocia, devolvieron a la artista parte de su perdido prestigio.

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